Biblioteca Popular José A. Guisasola


Cuento» El Pariente


¿Por qué le pasarán estas cosas a mi madrina?

Hace poco le cayó de visita un pariente. Francisco, que vive en Alcañiz. Vino para quedarse dos meses, de otro modo no justificaba haber ahorrado tanta plata para un viaje tan largo. Mi madrina tuvo que buscar en el mapa dónde queda Alcañiz.

Apenas llegó, le armó una cama en el dormitorio del mellizo. Estuvo de lo más hospitalaria pese a que no se acordaba bien cuál era su parentesco con Francisco.

Es difícil ser pariente de visita durante mucho tiempo. ¿Cómo explicarlo? Un pariente de visita larga es alguien que siempre está parado delante de la heladera cuando hay que abrirla. Es uno que saca la basura el sábado a la noche cuando el camión no pasa y después los perros la despachurran.

La llegada del pariente puso a todos de buen humor. Pero a los diez días de estar, Francisco era como un mueble que nadie había comprado. Faltaba el motivo o el espacio, su razón de estar ahí. Él mismo se daba cuenta. Hay que ver la voluntad que ponía para ser necesario.

Una vez hasta se ofreció para dormir al mellizo. Es un clavo el mellizo porque tarda mucho en dormirse. Entonces le contó una historia de cuando carnean chanchos allá en Alcañiz y cómo terminan convertidos en chorizos. El mellizo se durmió enseguida pero se despertó en la madrugada retorcido de pesadillas. No funcionó.

Muchas situaciones incómodas hubo, entre mi madrina que insistía en tratarlo como un rey, y él que quería ser útil y no ocasionar molestias. Entre Francisco, que como todos los parientes de visita, pretendía lavarse las medias, y mi madrina que nunca sabia donde estaba el jabón. Y él, que para no ser un gasto iba a comprar pan, pero se perdía en las diagonales y había que rastrearlo.

—Vos sentate y mirá la tele, Francisquín. Que no viniste aquí a trabajar.

Por fin a Francisco se le ocurrió limpiar el cuarto de los cachivaches, que falta le hacía.

—¡Pero qué te vas a poner a limpiar eso! —le dijo mi madrina, pensando cómo estaría el cuarto de los cachivaches en Alcañiz en caso de que a ella le tocara viajar alguna vez y limpiarlo.

—No es molestia. —El pariente se arremangó y empezó a sacar cosas del cuarto.

Aparecieron docenas de palos de escoba, un costurero de pie, el juego de dormitorio de cuando mi madrina se casó, cuadros comprados en ferretería, felpudos, un compresor de aire, una sierra eléctrica destruida, el otro mellizo, toneladas de retazos, caballetes, un contrabajo sin cuerdas, el televisor blanco y negro, colchones con los resortes al aire, puertas. Increíble lo que había adentro.

Al principio mi madrina estaba fascinada. En la casa se vivió como una fiesta. Volvieron a sonar los discos con ruido a frito mientras el pariente seguía sacando. Cada cosa un recuerdo, un cacho de historia, una alegría. Todas absolutamente queridas o necesarias, que había que conservar por las dudas.

—¿Por qué dudas, madrina?

—Por las dudas.

Un momento hermoso fue cuando aparecieron cartas viejas y ahí mi madrina pudo conectar al fin su parentesco con Francisco, bastante complicado. Se emocionó sinceramente.

—¡Francisco querido! ¡Así que vos venís a ser... !

El cuarto de los cachivaches quedó hecho una pinturita.

Pero es hoy que el resto de la casa está sepultado bajo la montaña de muebles y objetos por las dudas. Donde antes se podía caminar, ahora no. Mi madrina y los otros se golpean las rodillas en los recuerdos. El único sitio habitable es precisamente el cuarto de los cachivaches (que ya no lo es) y allí pasan casi todo el tiempo como en una isla. Una aventura sacar la nariz afuera. Muchas cosas útiles se han extraviado, aunque se sabe que están porque nadie tira nada.

Han desaparecido zapatos, facturas de luz, la radio, las dos azucareras, las aspirinas, el paraguas, el pariente... A nadie le extraña en medio de tanta confusión. Se habrá traspapelado el hombre, vaya uno a saber. Poco sentido de la orientación tiene.

Mi madrina está algo fastidiada con él. Bien clarito le dijo que no se molestara.

Seguro que aparece en cualquier momento porque apenas faltan dos días para que se vaya.





Historia del libro de Ema Wolf, Fámili. Ilustraciones de Jorge Sanzol. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1992. Colección Especiales.



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